Beers lo plantea desde la experiencia personal. Cuenta que, tras enterarse de que la empresa de inteligencia artificial detrás de Claude había aceptado pagar hasta 1.500 millones de dólares a autores cuyos libros utilizó para entrenar al modelo, ella asumió que el asistente solo habría aprendido el contenido de su obra. Lo que descubrió más tarde, al pedirle a Claude que escribiera “al estilo de Laura Beers” y luego “al estilo de George Orwell”, es que el problema no es solo de derechos de autor. La IA está aprendiendo también a imitar la voz de quienes la entrenan. En marzo de 2026, la periodista Julia Angwin presentó una demanda colectiva contra Grammarly por usar la voz de escritores vivos y muertos para la herramienta “Expert Review”, otro síntoma del mismo fenómeno.
El experimento con su propio estilo fue decepcionante. Beers admite que le costó reconocerse en el texto que Claude produjo, y atribuye el fallo a que el modelo solo había consumido uno de sus libros. La prueba con Orwell fue distinta porque la mayor parte de la obra del británico está en dominio público y el modelo dispuso de material abundante.
El resultado contenía frases que la propia Beers reconoce como orwellianas. “Aquí hay un tipo de consuelo, familiar para cualquiera que haya sido desposeído poco a poco de algo, que no consiste en negar la pérdida, sino en no darse cuenta todavía”, escribió Claude. La rana que hierve lentamente en agua que se calienta de forma gradual, el ciudadano que no protesta por el estrechamiento del pensamiento permitido, el lector que no lamenta la pérdida de la novela hasta que ya ha sido sustituida.
Beers matiza que la frase final, la de “una media estadística de todas las mentes humanas que la precedieron”, suena falsa, aunque sospecha que a Orwell le habría gustado la imagen de la rana. “Dudo que nadie clasificara los esfuerzos de Claude como indistinguibles de la prosa de Orwell”, afirma. Y añade el matiz clave del debate. Cuando se trata de literatura producida por máquinas, quizá no importe demasiado si puede aproximarse al arte original siempre que sea lo bastante buena para funcionar como entretenimiento y distracción de las masas.
Mermelada, cordones y libros en 1984 y en Amazon
El paralelismo con 1984 no es casual. En la novela de Orwell, el Ministerio de la Verdad produce con máquinas calibradas no solo novelas, sino “periódicos, películas, libros de texto, programas de telepantalla y obras de teatro”, junto a “periódicos de pacotilla que no contienen casi nada salvo deporte, crímenes y astrología” y “novelitas sensacionalistas de cinco centavos” destinadas a los proles, las clases trabajadoras sin educación de Oceanía. Para Julia, la amante del protagonista Winston Smith, que trabaja como mecánica de esas máquinas, «los libros no eran más que una mercancía que había que producir, como la mermelada o los cordones de los zapatos”.
Setenta y siete años después, Beers recuerda que miles de libros a la venta en Amazon han sido escritos total o parcialmente con ayuda de inteligencia artificial. Muchos están “pulidos por IA” mediante la función Rewrite de la herramienta Sudowrite, una ayuda al escritor que recuerda al retoque del Equipo de Reescritura del Ministerio de la Verdad. Otros están generados íntegramente por máquinas. La herramienta Squibler promete producir “novelas de extensión completa en segundos” con solo una indicación general, y estudios recientes muestran que los lectores no pueden distinguir con facilidad las falsificaciones generadas por IA de la prosa original.
Hollywood ya cuenta con ello
Beers cuenta que un guionista amigo con el que almorzó el año pasado en Los Ángeles le advirtió de que sus colegas están especialmente preocupados por el uso de la IA para producir secuelas. Una vez que tienes un reparto consolidado en una franquicia como Fast & Furious, el público va a ver la siguiente entrega la haya escrito una persona o una máquina. El pronóstico de Beers queda ahí. “Sin la aportación de la experiencia y la sensibilidad humanas reales, resulta difícil imaginar que lleguen a producir verdadero arte”, afirma sobre el límite de los modelos. Pero la ficción popular y los guiones en serie han entrado en la zona de las máquinas, igual que la mermelada y los cordones de los zapatos ya lo habían hecho hace décadas.











