El investigador Du Bo y su equipo de la Universidad de Ingeniería de la Policía Armada Popular firman el documento, que plantea un escenario táctico explícito. Se trata de un motín en Taipéi, bautizado como Nueva Ciudad, tras una hipotética ocupación militar que siga a la reunificación de Taiwán. La propuesta rompe con la tradición china de coordinar máquinas y personas sobre el terreno, y deja a los humanos relegados a una sala de mando a kilómetros de distancia, fijando límites éticos pero no órdenes tácticas. La autorización final del arresto sigue en manos humanas; todo lo demás lo decide un bucle de IA en tiempo real.
Expertos consultados por el South China Morning Post advierten de dos agujeros evidentes en el diseño. El primero es la red centralizada, vulnerable a hackeos o a un ataque de guerra electrónica que la deje muda en plena operación. El segundo es el problema de distinguir a un agitador de un transeúnte asustado en medio del caos, algo que una IA no sabe hacer con fiabilidad y que podría terminar con máquinas disparando redes o descargas eléctricas sobre civiles que solo pasaban por allí.
Cuatro fases en segundos y ni un agente sobre el asfalto
La simulación describe un disturbio organizado por «potencias externas» mediante rumores para «retrasar el proceso de unificación de la Fuerza Roja». Una multitud se concentra en una plaza central con el objetivo de asaltar edificios gubernamentales, y la respuesta activa cuatro fases autónomas encadenadas. Son, en orden, reconocimiento, bloqueo, guerra cognitiva y arrestos. Cada máquina asume un rol con nombre propio dentro de una división del trabajo estricta.
Los drones aéreos funcionan como «ojos», escrutando a la masa desde el aire. Los módulos de guerra cognitiva actúan a la vez como «voz» que bombardea mensajes desde altavoces y como «inhibidor» que asfixia las telecomunicaciones en el perímetro. En tierra, los vehículos levantan un «escudo», una barrera física móvil que empuja a la multitud. Y el «puño» lo forman drones blindados sin tripulación y perros robot equipados con redes y pistolas eléctricas para neutralizar de forma selectiva a los agitadores previamente marcados por el sistema.
El tiempo de reacción es menor que el humano. Un dron detecta al líder, avisa a la unidad cognitiva para que bloquee el 4G y el 5G e impida la subida de vídeos, y guía al equipo de arresto sobre el objetivo de forma simultánea. Aislados de internet y sin capacidad de coordinar una respuesta colectiva, los líderes son capturados. El resto acaba dispersándose por su cuenta sin haber visto la cara de un solo policía.
El Rotunbot de 125 kilos y las patrullas que ya ruedan por Wenzhou
La base tecnológica de este plan no es ciencia ficción. En zonas comerciales de Wenzhou, la empresa Logon Technology prueba el Rotunbot RT-G, un robot esférico y anfibio de 125 kilos capaz de perseguir delincuentes a gran velocidad. Despliega gases lacrimógenos, bombas de humo, bocinas de alto decibelio, dispositivos acústicos y lanzaredes. Patrulla junto a agentes de carne y hueso. En Wuhu rueda además la Intelligent Police Unit R001, un humanoide operativo las 24 horas que dirige el tráfico, hace sonar un silbato y reprende por voz a peatones que cruzan mal.
Un investigador del Ministerio de Seguridad Pública confirmó al New York Times que estos sistemas están pensados para reducir las patrullas a pie, y que pueden entrenarse para identificar objetos como pancartas de protesta. Hay empresas colaborando con el Estado en regiones de minorías étnicas para implementar reconocimiento de voz en más de 200 dialectos locales con fines declarados de seguridad nacional.
Detrás de todo hay un aparato predictivo enorme. Una investigación de la Universidad de Oxford documenta que el equipo Kunpeng, de la Oficina de Seguridad Pública de Kunshan, ha desarrollado más de 220 modelos alimentados con una década de datos de plataformas como Police Cloud. Su sistema bloqueó un fraude de 500.000 yuanes en diez minutos, rastreó 87 cuentas vinculadas y propició nueve arrestos en tres días, un trabajo que antes ocupaba dos semanas a un equipo de cinco o seis agentes.
Una VPN, demasiados hijos o gasolina de más basta para ser sospechoso
En Hubei, la policía construye bases de datos sobre modelos derivados de DeepSeek. En Xinjiang, la plataforma IJOP marca automáticamente como sospechoso a quien usa una VPN, tiene demasiados hijos o compra una cantidad inusual de combustible. Esas alertas algorítmicas sirven de base directa para detenciones. En la 12ª Exposición Internacional de Equipos Policiales de Pekín se mostraron sistemas para vigilar usuarios de Telegram y VPN, además de cámaras corporales con reconocimiento facial conectadas a terminales con forma de móvil.
La plataforma de vigilancia que integra micrófonos, cámaras e informes oficiales trabaja en identificar incidentes antes de que estallen. Un patrón que se aleja del modelo reactivo tradicional y convierte el espacio público chino en un entorno donde la alerta precede al acto. Las empresas que lo venden hablan de pasar de una defensa pasiva a una alerta anticipada activa, con identificación permanente de «agentes desestabilizadores».
El saldo para el ciudadano es una geografía de control distribuido entre datos, cámaras y cuerpos robóticos que ya conviven con la policía tradicional. Es una pieza más de la ofensiva de China en inteligencia artificial aplicada al control social, un ecosistema donde máquinas como el Rotunbot salen a patrullar hoy y un paper universitario imagina cómo prescindir por completo del agente humano mañana.









