Las redes de cámaras automatizadas que vigilan el cielo nocturno han permitido detectar la firma de un asteroide que nadie había visto antes. Un estudio publicado en marzo de 2026 en The Astrophysical Journal identifica 282 meteoros pertenecientes a una corriente de escombros recién confirmada, originada por un cuerpo rocoso que se está deshaciendo bajo el calor solar.
El trabajo, firmado por el científico planetario Patrick M. Shober, analizó millones de observaciones recogidas por redes de cámaras de cielo completo en Canadá, Japón, California y Europa. Entre todos esos registros emergió un pequeño grupo formado recientemente que destacaba con claridad sobre el ruido de fondo de meteoros esporádicos.
La corriente meteórica sigue una órbita extrema. Sus partículas se sumergen casi cinco veces más cerca del Sol que la Tierra, una trayectoria propia de los asteroides sometidos a un castigo térmico continuo. La forma en la que estos fragmentos se rompen al entrar en la atmósfera revela que son moderadamente frágiles, pero más resistentes que el material que dejan los cometas.
Cómo nace una estrella fugaz
Cuando un fragmento de roca espacial del tamaño de un grano de arena choca con la atmósfera terrestre, se calienta de inmediato. Su capa superficial se vaporiza y se convierte en un gas eléctricamente cargado que hace brillar el conjunto. A esa estela luminosa se le llama meteoro. Si el objeto es mayor y más luminoso, recibe el nombre de bólido.
Estos cuerpos penetran en la atmósfera a más de 24 kilómetros por segundo, según los datos manejados por el equipo. Para los objetos del tamaño de un grano de polvo, todo el proceso dura una fracción de segundo antes de que desaparezcan por completo.
La mayoría de estos fragmentos diminutos proceden de cometas, los cuerpos helados de los confines del sistema solar que liberan polvo cuando se acercan al Sol. Los asteroides son distintos: restos rocosos del sistema solar primitivo, sin los hielos que dan a los cometas sus características colas. Por eso una corriente meteórica con origen asteroidal resulta excepcional.
Un asteroide cocido por el Sol
Los astrónomos califican un asteroide o un cometa como activo cuando desprende polvo, gas o fragmentos de mayor tamaño. La actividad puede deberse al calor solar, a un pequeño impacto o a una rotación tan rápida que termina fragmentando el cuerpo. En los cometas, la sublimación de los hielos es la causa principal. En los asteroides, los motivos varían.
El caso más conocido es el del asteroide 3200 Faetón, responsable de la lluvia de las Gemínidas que se observa cada diciembre. Sus acercamientos al Sol han liberado grandes cantidades de polvo y fragmentos que se han ido dispersando a lo largo de su órbita. Cada lluvia de meteoros que vemos se produce cuando la Tierra cruza uno de esos flujos de escombros.
El nuevo grupo de 282 meteoros funciona como una sonda indirecta. Su composición y su trayectoria indican que el intenso calor solar está agrietando la superficie del asteroide progenitor, expulsando gases atrapados y provocando su lento desmoronamiento. Es, en esencia, un cuerpo invisible que se descompone delante de unas cámaras incapaces de verlo.
Para Shober, este mecanismo sería probablemente una fuente importante de la actividad pasada de Faetón y la principal razón de la diversidad de meteoritos que llegan a la Tierra.
El asteroide sigue siendo invisible
La pieza que falta en el rompecabezas es el propio cuerpo progenitor. Las cámaras detectan los escombros, pero el asteroide que los expulsa permanece esquivo a los telescopios convencionales. Las observaciones de meteoros funcionan así como una herramienta extraordinariamente sensible para estudiar objetos invisibles para los instrumentos tradicionales.
Esta capacidad tiene una implicación directa para la defensa planetaria. Las lluvias de meteoros revelan poblaciones ocultas de asteroides próximos a la Tierra que, de otro modo, escaparían a cualquier catálogo. Conocer su existencia es el primer paso para evaluar si suponen algún riesgo.
La solución a corto plazo se llama NEO Surveyor. El telescopio espacial de la NASA, previsto para su lanzamiento en 2027, está dedicado precisamente a la defensa planetaria y al descubrimiento de asteroides oscuros que se acercan al Sol. Sus instrumentos serán los candidatos naturales para localizar el cuerpo padre detrás de los 282 meteoros recién catalogados.









