La expansión de las constelaciones de satélites de órbita baja, con Starlink como caso más visible, ha dejado de ser solo un problema para los observatorios terrestres. Un estudio liderado por el astrofísico español Alejandro Serrano Borlaff, investigador de la NASA Ames Research Center, advierte en la revista Nature de que la contaminación lumínica generada por estas flotas puede degradar también las imágenes obtenidas por telescopios espaciales en órbita baja, incluido el Hubble.
La cuestión ya no gira en torno a unas pocas trazas ocasionales. Los autores subrayan que el número actual de satélites representa menos del 3% de los previstos para la próxima década, una proporción que cambia por completo la escala del problema. Según el trabajo, si se materializan los despliegues solicitados por la industria, algunas misiones orbitales podrían ver contaminada la mayor parte de sus observaciones por rastros de luz reflejada.
Del cielo nocturno a los telescopios en órbita
Durante años, el debate se centró en cómo las megaconstelaciones alteraban las observaciones desde tierra. Sin embargo, el nuevo análisis plantea que ni siquiera los telescopios espaciales están fuera de alcance. La razón es geométrica y operacional: muchas de estas plataformas observan en órbitas donde comparten entorno visual con miles de satélites iluminados por el Sol.
El estudio modeliza el impacto sobre varias misiones y concluye que el Hubble podría sufrir contaminación en alrededor de una de cada tres imágenes si prosperan los despliegues más ambiciosos. En otros proyectos, especialmente aquellos con campos amplios o estrategias de observación más sensibles a la luz parásita, la afectación prevista sería todavía mayor.
La advertencia coincide con un momento de fuerte crecimiento del sector. La página oficial de SpaceX describe a Starlink como “la constelación de satélites más avanzada del mundo en órbita baja”, una red pensada para ampliar el acceso global a internet. Ese objetivo comercial y tecnológico, sin embargo, entra ya en fricción directa con la astronomía profesional, que depende de cielos oscuros y de imágenes limpias para detectar señales extremadamente débiles.
Un problema científico y regulatorio
El impacto no es solo visual. Cada traza obliga a repetir observaciones, aplicar correcciones costosas o asumir pérdidas de datos científicos, algo especialmente delicado en telescopios con tiempo de uso limitado y presupuestos elevados. El propio Serrano Borlaff trabaja en calibración de fondo celeste para Hubble y futuros telescopios, una especialidad directamente afectada por este tipo de interferencias.
La preocupación ya ha llegado a la diplomacia espacial. La Unión Astronómica Internacional informó en 2025 de que el Comité de la ONU para los Usos Pacíficos del Espacio Ultraterrestre incorporó por primera vez este asunto a su agenda. “Nunca antes los diplomáticos y los gobiernos que representan habían dedicado tanto tiempo a debatir el impacto del creciente número de satélites sobre la astronomía”, señaló Piero Benvenuti, director del centro de la IAU para la protección del cielo oscuro y silencioso.
El debate, por tanto, ya no consiste en decidir si existe un problema, sino en qué margen queda para compatibilizar conectividad global, sostenibilidad orbital y observación astronómica de precisión. La respuesta, a la vista de los datos, empieza a estrecharse.










