Un equipo italiano de arquitectos, ingenieros y científicos ha ganado el concurso Project Hyperion, convocado por la Initiative for Interstellar Studies (i4is), una organización sin ánimo de lucro con sede en Londres que, el 1 de noviembre de 2024, desafió a equipos de todo el mundo a diseñar la nave generacional capaz de transportar a la humanidad hasta Próxima Centauri b, el exoplaneta potencialmente habitable más cercano a la Tierra. El veredicto se hizo público el 23 de julio de 2025, tras evaluar cientos de propuestas procedentes de decenas de países. El diseño ganador, bautizado como Chrysalis, fue elegido por su coherencia sistémica, su profundidad técnica y la integración de arquitectura, ingeniería y ciencias sociales.
La distancia hasta el objetivo ronda los 4,25 años luz, aproximadamente 40 billones de kilómetros que la nave recorrería en un mínimo de 400 años tras un año de aceleración inicial y otro de deceleración al aproximarse al destino. A un décimo de la velocidad de la luz, ningún pasajero de la primera generación estaría vivo para ver la llegada.
Una estructura de 58 kilómetros diseñada para albergar una civilización
El diseño contempla una estructura cilíndrica modular de 58 kilómetros de longitud y 6 kilómetros de diámetro, con una masa total de 2.400 millones de toneladas métricas. El sistema de propulsión elegido es el Direct Fusion Drive (DFD), un motor experimental que combina helio-3 y deuterio para generar una aceleración constante. El módulo de hábitat se articula en cinco cilindros concéntricos y giratorios que simulan la gravedad terrestre mediante fuerza centrífuga, proporcionando condiciones de vida próximas a las de la Tierra durante todo el trayecto.
La nave mantendría una población estable de entre 500 y 1.500 personas en todo momento, con nacimientos y defunciones gestionados para evitar tanto la superpoblación como la extinción demográfica. Los descendientes de la primera tripulación serían quienes pusieran pie en el exoplaneta, lo que convierte el diseño social de Chrysalis en un reto tan exigente como el tecnológico.
El dilema de construir lo que la ciencia aún no puede fabricar
Los propios diseñadores reconocen que la tecnología necesaria para materializar Chrysalis no existe todavía a la escala requerida. El Direct Fusion Drive se encuentra en fase experimental, y ensamblar una estructura de 58 kilómetros exigiría capacidades industriales sin precedentes. El equipo propone su construcción en el punto de Lagrange L1, el nodo gravitacional entre la Tierra y la Luna, para minimizar el estrés estructural durante un proceso que podría prolongarse 25 años.
Al desafío técnico se añade uno ético de mayor calado. Las generaciones fundadoras embarcarían por voluntad propia, pero sus descendientes nacerían dentro de un sistema cerrado sin posibilidad de retorno, condicionados por una decisión que no habrán podido tomar. Para preparar esa identidad colectiva, el diseño contempla que tres o cuatro generaciones previas vivan en biosistemas aislados en la Antártida, desarrollando los vínculos culturales y cooperativos que necesitaría una sociedad confinada en el espacio profundo.
«Chrysalis no es solo un entorno físico, sino un espacio cognitivo para sus habitantes», señala el equipo en la memoria del proyecto. Los autores esperan que el diseño sirva como línea de base para futuras investigaciones sobre viajes interestelares tripulados, en un campo donde la mayor parte de las preguntas relevantes aún no tienen respuesta.










