En el distrito de Changping, al norte de Pekín, Xiaomi ha puesto en marcha una planta que resume hacia dónde se está moviendo la industria china. Una fábrica altamente automatizada, pensada para operar las 24 horas y, según la información difundida por autoridades locales, capaz de producir unos 10 millones de teléfonos al año en un complejo de 81.000 metros cuadrados.
El dato que más llama la atención es el ritmo de producción, un smartphone por segundo. Varias publicaciones tecnológicas lo presentan como la medida simbólica de una nueva fase industrial en la que la cadena de montaje se apoya en robots, sensores y control algorítmico para reducir paradas y errores.
En el centro del sistema figura HyperIMP, la plataforma de fabricación inteligente de Xiaomi. La compañía la describe como el “cerebro” que monitoriza máquinas y procesos, detecta desviaciones y corrige ajustes sin intervención humana directa en el flujo ordinario de producción, un enfoque asociado a las llamadas “fábricas oscuras”, diseñadas para funcionar incluso sin iluminación constante.
Más allá del efecto demostración, la realidad es que China se ha convertido en el mayor mercado de robótica industrial del mundo. Según la International Federation of Robotics (IFR), el país concentró el 51% de las instalaciones globales en 2023, y en 2024 elevó su peso hasta el 54%, con 295.000 robots industriales instalados ese año.
Ese salto no es solo una cuestión de volumen. También marca una transición del viejo modelo basado en salarios bajos a otro centrado en productividad, control de calidad y velocidad de iteración, especialmente en electrónica. La propia IFR subraya que el stock de robots en China ha crecido con rapidez, hasta superar los dos millones de unidades en operación.
La automatización, sin embargo, no equivale a “cero humanos” en sentido estricto, aunque esa sea la etiqueta que suele acompañar a este tipo de proyectos. La operación continua exige ingeniería de mantenimiento, gestión de repuestos, ciberseguridad, calibración y supervisión de sistemas. Xiaomi no detalla en sus comunicaciones públicas cuántas personas trabajan alrededor de la planta ni qué parte del proceso depende todavía de servicios externos, una información clave para medir el impacto real sobre el empleo.
Así, cuanto más central es el software, más sensible se vuelve la producción a fallos de diseño, errores de actualización o incidentes de seguridad. La industria lleva años advirtiendo de que las fábricas hiperconectadas amplían la superficie de riesgo, por la combinación de sistemas OT y redes corporativas. Y el debate sobre el coste social de la automatización vuelve a abrirse, porque el ajuste ya no afecta solo a tareas repetitivas, también empuja a reconvertir perfiles hacia la llamada mano de obra “púrpura”, técnicos y operadores especializados en robótica.
La apuesta por escalar capacidades industriales avanzadas se vincula con la hoja de ruta lanzada en 2015 bajo la etiqueta Made in China 2025, orientada a reducir dependencias tecnológicas y subir en la cadena de valor.
La IFR lo resume en términos de estrategia industrial, no de exhibición futurista. “La estrategia de China para modernizar su base manufacturera ha alcanzado un nuevo hito”, afirmó su presidente, Takayuki Ito, en un comunicado citado por prensa china.








