La apertura de antiguas latas de salmón conservadas durante décadas ha permitido a un equipo de la Universidad de Washington reconstruir una parte del pasado ecológico del Pacífico Norte con una herramienta insólita: parásitos muertos. El trabajo, publicado en Ecology & Evolution, muestra que la carga de anisákidos aumentó con el tiempo en el salmón chum y el salmón rosado, mientras se mantuvo estable en el salmón coho y el sockeye. Los autores sostienen que este patrón podría reflejar un ecosistema marino estable o en recuperación, aunque subrayan que no prueba por sí solo un mejor estado ambiental.
La investigación fue liderada por Natalie Mastick, entonces doctoranda en la Universidad de Washington y hoy vinculada al Yale Peabody Museum, junto a la ecóloga de parásitos Chelsea Wood, profesora asociada de ciencias acuáticas y pesqueras. El material analizado procedía de la Seafood Products Association, que había conservado esas latas con fines de control de calidad. Las conservas actuaron como una cápsula temporal biológica: 178 filetes de cuatro especies capturadas en el golfo de Alaska y en Bristol Bay permitieron seguir la evolución de estos nematodos a lo largo de 42 años.
Un parásito que también funciona como indicador ecológico
Los anisákidos son gusanos redondos marinos con un ciclo vital complejo. Comienzan en pequeños invertebrados como el kril, pasan después a peces y terminan reproduciéndose en mamíferos marinos. Por ello, su presencia depende de que varias piezas de la red trófica sigan conectadas, desde las presas microscópicas hasta focas, leones marinos u orcas.
Wood resumió esa idea con una frase que cambia la lectura habitual del hallazgo: “Veo su presencia como una señal de que el pescado de tu plato procede de un ecosistema sano”, explicó al presentar el estudio. Mastick añadió que el aumento detectado en dos especies sugiere que estos parásitos “pudieron encontrar todos los hospedadores adecuados y reproducirse”, algo compatible con una red ecológica funcional.
Qué hicieron exactamente los investigadores
El equipo diseccionó cada filete y contó el número de gusanos por gramo de tejido. El método fue manual y minucioso, porque el proceso de enlatado había matado a los parásitos y alterado su aspecto. Los anisákidos no suponían peligro para el consumidor en esas conservas, ya que el tratamiento térmico los había inactivado, aunque estos organismos sí pueden causar anisakiasis si se ingieren vivos en pescado crudo o poco cocinado, según los CDC.
Los autores plantean varias explicaciones para la tendencia observada. Una de las más plausibles es la recuperación de mamíferos marinos tras la aprobación en 1972 de la Marine Mammal Protection Act, ya que estos animales son el hospedador final imprescindible del ciclo. El estudio no demuestra una relación causal definitiva, pero sí abre una vía poco habitual para reconstruir cambios ecológicos con materiales archivados que, en principio, parecían inservibles. La pregunta ahora es si otras colecciones industriales olvidadas podrían ofrecer nuevas series históricas sobre el estado real del océano.










