Con el precio del crudo disparado por la crisis en Oriente Próximo y el bloqueo del estrecho de Ormuz, la preocupación por el combustible ha vuelto a instalarse entre muchos conductores. La Agencia Internacional de la Energía ya ha acordado una liberación coordinada de 400 millones de barriles, la mayor de su historia, para amortiguar el golpe sobre el mercado, aunque el efecto no será inmediato ni garantiza una normalización rápida en el precio final que paga el consumidor.
En ese contexto, el divulgador del motor Pedro, conocido en redes como @motor22cv, ha puesto el foco en un riesgo menos evidente que la falta física de petróleo. “El verdadero riesgo no es que se acabe el petróleo, sino el efecto llamada”, advierte, aludiendo a la reacción en cadena que puede producirse cuando miles de conductores acuden a repostar por precaución al mismo tiempo.
Las reservas existen, pero no están en cada surtidor
La clave está en distinguir entre el sistema nacional y la operativa diaria de una estación de servicio. En España existe una obligación legal de mantener existencias mínimas de seguridad equivalentes a 92 días, gestionadas en parte por CORES y en parte por la industria. Sin embargo, ese volumen estratégico no se traduce en que cada gasolinera disponga de una gran capacidad de almacenamiento lista para responder a una compra masiva en pocas horas.
Ahí aparece el llamado efecto llamada. Si el temor al desabastecimiento se extiende, el problema deja de ser únicamente geopolítico y pasa a ser logístico. No hace falta que se vacíen las reservas nacionales para que una red local de estaciones empiece a tensarse: basta con que se concentre demasiada demanda en muy poco tiempo.
El miedo puede acelerar el problema
La advertencia encaja con el momento actual. Bruselas ya ha pedido a los Estados miembros medidas para ahorrar combustible y contener la presión sobre el mercado, mientras la AIE ha avisado de que abril puede ser todavía más duro que marzo para la energía global.
Por eso, el mensaje del experto no apunta tanto a una desaparición inmediata del carburante como a una reacción colectiva capaz de empeorar la situación. Cuando el miedo entra en juego, la amenaza no siempre empieza en los grandes depósitos, sino en la cola de la gasolinera.











