El submarino nuclear soviético descansa a 1.680 metros de profundidad en el mar de Noruega desde 1989. Un nuevo estudio confirma liberaciones intermitentes de radionúclidos desde un conducto de ventilación, aunque el impacto ambiental detectado sigue siendo limitado.
El viejo submarino soviético K-278 Komsomolets continúa liberando material radiactivo desde su reactor casi cuatro décadas después de hundirse en el mar de Noruega. El trabajo, publicado en PNAS, se basa en una expedición realizada en 2019 con el vehículo submarino Ægir 6000, y confirma que las emisiones proceden de un conducto de ventilación del compartimento del reactor. Los autores, vinculados a la Norwegian Radiation and Nuclear Safety Authority y al Institute of Marine Research, subrayan que la radiactividad detectada no se ha traducido en una contaminación significativa del entorno marino.
El Komsomolets se hundió el 7 de abril de 1989 tras un incendio a bordo. El pecio reposa a unos 1.680 metros de profundidad, cerca de la isla del Oso, y durante años ha sido observado con preocupación porque llevaba un reactor nuclear y, según las investigaciones noruegas, también dos torpedos con cabezas nucleares. Este contexto convirtió al submarino en uno de los casos más vigilados de contaminación radiactiva en aguas profundas del Atlántico Norte.
Un escape localizado y no constante
El hallazgo principal del nuevo estudio es que las fugas no son continuas, sino intermitentes, y que se producen por un punto muy concreto del casco. Durante la campaña de 2019, los investigadores tomaron muestras de agua, sedimentos y organismos cercanos al submarino y observaron, al mismo tiempo, una emisión visible desde la zona del conducto de ventilación. Las concentraciones más altas se localizaron junto a ese punto de escape, con niveles de cesio-137 muy superiores al fondo habitual del agua marina en esa área.
Los datos isotópicos sugieren además que el combustible nuclear del reactor se está degradando por corrosión. El informe técnico de la autoridad noruega menciona la presencia de radionúclidos como cesio-137, estroncio-90, plutonio-239, plutonio-240 y uranio-236, una combinación que apunta a daños en los elementos combustibles y al contacto del agua de mar con material radiactivo del reactor. Sin embargo, el estudio no encontró pruebas de una liberación relevante de plutonio procedente de las ojivas.
Qué riesgo real plantea para el mar de Noruega
La conclusión central del trabajo es más matizada de lo que sugiere el hallazgo inicial. Los investigadores no restan importancia a la fuga, pero insisten en que la enorme profundidad y la rápida dilución en el agua reducen de forma drástica el impacto ambiental inmediato. Tanto la autoridad radiológica noruega como el Instituto de Investigación Marina sostienen que no se han detectado niveles inusuales de radionúclidos en el mar de Noruega y el mar de Barents dentro de sus programas de vigilancia, ni un riesgo apreciable para la pesca y los productos del mar.
Justin Gwynn, radioecólogo marino de la autoridad noruega y autor principal del estudio, explicó en la comunicación oficial que “lo que hemos encontrado en esta expedición no tendrá ningún impacto en el pescado ni en el marisco noruego”. La relevancia científica del caso, por ello, no reside solo en el estado actual del Komsomolets, sino en que ofrece una referencia poco común para entender cómo evolucionan los riesgos radiológicos de largo plazo en pecios nucleares hundidos.








